El viernes 24 de julio culminaba el curso Corrección de estilo en línea: Más allá de la corrección idiomática, que tuve el privilegio de impartir una vez más en Editamos-Caniem. Aun en el ambiente virtual se podía percibir la gran emoción de los participantes después de haber terminado una capacitación de 16 horas en línea sumada a 16 horas de trabajo extra-clase.
Una vez más el curso se constituía en otro caso de éxito para Editamos-Caniem y también para mi trayectoria profesional. ¿Por qué? Primero que nada, por haber llevado a buen puerto un curso en línea dirigido a más de 40 participantes. En segundo lugar, por la certeza de que había sido una experiencia de intenso aprendizaje no solo para los asistentes sino también para mí.
Ciertamente, el simple intercambio de ideas entre los participantes ya había sido en sí una fuente de enriquecimiento para todos.  Pero, además, el enfoque del curso de ir más allá de la corrección idiomática nos había conducido por senderos insospechados. ¿Cómo explicarlo? La corrección de estilo exige un conocimiento cabal de la normatividad lingüística vigente. De eso nadie se debe escapar. Y las continuas consultas a las obras de referencia deben ser el pan de cada día. Sin embargo, hay algo más por encima de esto: el texto requiere cumplir con su misión de transmitir un mensaje. Entonces, muchas veces la técnica resulta insuficiente: no solo se trata de que el texto sea correcto, sino que comunique lo que tenga que comunicar. Allí muchas veces tiene que surgir, pleno de vigor, el hálito divino del corrector.
Sin embargo, ese hálito —que se podría traducir como la maravillosa intuición lingüística del profesional, su ojo clínico, su creatividad— también está hecho de saberes, según lo revisamos en este curso. Antes de corregir un escrito, tenemos que sobrevolarlo para conocer con precisión las variantes del contexto de comunicación en el que se generó, pero también tenemos que analizarlo internamente para identificar su esencia semántica y valorar si su estructura y su estilo están apoyando su misión comunicativa.
Al término del curso casi podía adivinar la respiración del grupo. Era un momento sagrado, como lo habían sido muchos momentos del curso. De alguna forma, todos habíamos llegado a la misma conclusión: entonces no basta con saber la normatividad, también hay que saber gramática para entender plenamente la normatividad, también se requiere mirar el texto a la luz del análisis del discurso para entender su contexto de comunicación, también debemos convertirnos en mejores lectores, también debemos enriquecer nuestros recursos expresivos para saber redactar lo que se requiera redactar de nuevo y también… y la lista nunca terminaría.
Era muy difícil decir “adiós”. ¿Quién —más allá de tus colegas— puede entender tus sufrimientos, tus angustias, tus dudas, tus arrepentimientos, tus pecados y la pasión perpetua de este oficio tan arduo y gozoso, como es la corrección de estilo? Pero era necesario llegar al final. Leticia Arellano, coordinadora de Gestión académica, se despidió del grupo, no sin antes recibir, de mi parte y de todos, un amplio reconocimiento a su excelente labor profesional. Afortunadamente también nos acompañaba el director de Editamos, Mario Aliaga, quien tuvo las palabras precisas y la sonrisa perfecta para cerrar el curso.
 
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