Buenas tardes. Saludo con todo afecto y respeto a los miembros del presídium y a todos ustedes, queridos colegas.
Quiero agradecer al Consejo Directivo de nuestra Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, y a su presidente, Carlos Anaya Rosique, por esta distinción que me honra y me alegra muchísimo.
José Luis Monreal, fundador y presidente de mi casa, Océano, ha dicho que en estos tiempos emocionantes que vivimos, de cambios y de transformaciones constantes, también existen algunas cosas que deben permanecer; una de ellas es la gratitud. No es posible que nombre ahora a todas las personas con las que me encuentro en deuda, de modo que mencionaré sólo a algunas, pero en mi memoria se encuentran presentes los nombres y los rostros de todas ellas.
En primer lugar debo agradecer a mis queridos maestros: mil gracias a René Solís, a Rafael de Yturbe y a Arturo Ahmed Romero; a Miguel Ángel Cayuela, a Aldo Falabella y a José Luis Monreal por su guía y por compartir su experiencia y, sobre todo, su visión.
También doy gracias a una larga lista de colaboradores con los que he caminado a lo largo de más de 40 años. A todo el extraordinario e incansable equipo de Océano; nombro, sin olvidar a los demás, a mi viejo colega Lázaro Cruz, a Connie Flores y a Rosa María Martínez; a Guadalupe Ordaz, Pablo Martínez Lozada y a Maia Fernández Miret; a Sidronio Rivera, Leonel Valdez y Jorge Weber. También a Daniel Goldin y a Laura Lara.
Entre los muchos libreros con quienes he tenido la suerte de tratar, recuerdo hoy con mucho afecto y gratitud a cuatro que ya no están con nosotros: al querido Mauricio Achar, al maestro Manuel López Gallo, a don Enrique Bernal y al gran Alfonso Castillo.
Estoy muy contento de compartir esta ocasión con mis hijos Valentina, Leonardo y Adán, que aquí me acompañan, y en la distancia con mi esposa, Emma, que se encuentra de viaje.
También, quiero ofrecer el sentido mismo de esta distinción y todas las satisfacciones que me ha dado, como un tributo ─un tributo alegre─ a la memoria de mi padre, Rafael Villarreal Montemayor, de quien este año recordamos el centenario de su nacimiento.
 

  1. Por una cadena fuerte.

 
Giovanni Paoli, Juan Pablos, por encargo de Juan Cromberger, prominente impresor sevillano, publicó el primer libro en América aquí, en la ciudad de México, a finales de la década de 1530.
En esos tiempos las profesiones de editor, impresor y librero eran una sola. Ser editor significaba publicar las obras que los autores entregaban, es decir, hacerlas públicas. Y esto se traducía en imprimirlas, ya fuera en talleres propios o ajenos, y ponerlas a la venta. Aquellas primeras librerías comercializaban fundamentalmente sus propios catálogos.
Luego, estos editores-libreros fueron intercambiando sus obras con las de otros editores-libreros, hasta que al comenzar el siglo XIX las profesiones quedaron claramente diferenciadas: los libreros se orientaron a distribuir en el mercado una oferta más vasta, y los editores ─en su gran mayoría separados ya tanto del comercio del libro como del oficio de la impresión─ se concentraron en esa labor singular que significa orquestar un equipo de especialistas sin ser ellos mismos especialistas en nada.
La autonomía creciente de las actividades profesionales del libro vino a favorecer la bibliodiversidad, y sin duda fue uno de los motivos por los que se expandió la población lectora de manera creciente desde el siglo XIX hasta nuestros días.
Ese proceso de diferenciación y especialización ha estado acompañado de una definición cada día más clara de los derechos de cada uno de los actores de la cadena del libro: desde los autores, que tras largas discusiones y luchas adquirieron el derecho de la propiedad intelectual de sus textos, hasta los propios lectores, cuyos derechos, pese a ser tardíos y un tanto difusos, han quedado plasmados en instrumentos jurídicos como nuestra Ley del libro. Me refiero, por ejemplo, a su derecho de gozar justamente de la bibliodiversidad, sin importar el lugar donde se encuentren.
Sin ser yo historiador ni especialista en este campo, me atrevo a conjeturar que la diversificación de la cadena fue un detonador del aumento de la población lectora, pero también un factor clave para la ampliación del espacio de discusión pública, que fue el germen de la democracia en el sentido moderno. Dicho en otras palabras, la evolución de la cadena del libro ha sido un factor considerable para el progreso social y la expansión del pensamiento crítico.
Pese a ello, en la actualidad se ha puesto en duda, o al menos a discusión, el valor de la cadena. Tal vez esto se deba a que la evolución de la tecnología ha facilitado como nunca antes la comunicación directa del autor con el lector. Todos lo sabemos: hoy casi cualquier persona medianamente avezada en el uso de la computadora puede jugar a componer una página con relativa solvencia. Y tampoco es ya necesario ser un maestro impresor, ni es preciso disponer de una rotativa ni de un sofisticado equipo de distribución, para difundir una obra. Basta con tener a mano una conexión a internet para someterla a la consideración del mundo entero.
Por eso no faltan quienes consideran prescindibles todos o algunos de los eslabones de nuestra cadena del libro. Es el caso de ciertos autores y no pocos falsos profetas de la tecnología que han querido saltar a los editores y a los libreros para llegar a los lectores sin mediación alguna. Su justificación es que la mediación es innecesaria y por tanto parásita. ¿Para qué pagarla?
Pero, ¿es esto cierto? Sí y no.
Sí, porque existen los recursos técnicos y están disponibles para cualquiera casi gratis.
No, porque la labor de los editores no puede comprenderse sólo como el dominio de una técnica o a la posesión de capital para pagar la imprenta y organizar un equipo de profesionales que conviertan un manuscrito en un libro. Además de esta inversión de recursos materiales, todos nosotros lo sabemos, el trabajo editorial incorpora valor a la obra.
La mera publicación de un libro no lo hace parte de una conversación. Insertarlo en ella es un arte y una ciencia, que demandan vocación, preparación y una suma de talentos.
Ambas, la del editor y la del librero, son tareas en cierta forma invisibles, que brillan más mientras más transparentes sean, en tanto el común de los lectores sienta menos tropiezos en su acercamiento y su relación con la obra.
Ambas, la del librero y la del editor, son artes de la civilidad, encaminadas a ordenar, hacer las cosas claras, resaltar los valores. También son artes de la hospitalidad, de hacer sentir a cada persona como en casa. A veces la tarea editorial es también la de romper moldes, proponer lo nuevo, lo disruptivo.
En pocas palabras, estamos hablando del arte de propiciar la convivencia y de estimular la conversación, como ha dicho el maestro Gabriel Zaid.
Temo que si los involucrados en la cadena de la lectura optamos por romperla, seducidos por un espejismo de beneficios de corto plazo, vamos a propiciar que el libro ─cualquiera que sea su soporte─ pierda parte de su valor como instrumento que fomenta el diálogo, la diversidad, la civilidad.
Por esto, al agradecer el premio Juan Pablos quiero hacer votos por la salud de la cadena, manifestar públicamente mi convicción de la importancia insustituible de cada uno de los eslabones que la forman y proponerles a todos, queridos colegas, que hagamos compromisos personales, empresariales y gremiales para que esta cadena sea cada vez más fuerte, en beneficio de todos.