Aldo Manucio

Un dicho popular afirma que todos los caminos llevan a Roma. En el siglo XV podría haberse dicho que todos los caminos llevan a Venecia. En esta ciudad italiana, asentada en las costas del Mar Adriático, confluían las principales rutas comerciales de aquellos tiempos.

El ambiente de prosperidad reinante en Venecia estimuló las artes y las letras. Tal circunstancia resultó favorable para las artes gráficas, que encontraron un fértil campo para su desarrollo, tanto en el aspecto creativo como desde el punto de vista netamente comercial.

Las prensas tipográficas empezaron a funcionar en Venecia alrededor de 1467, apenas tres años después de la aparición del primer libro impreso en Italia.

Los primeros impresores venecianos fueron Juan y Wandelin Speir. Uno de los más notables, excepcional, fue el francés Nicolás Jenson. Tras ellos vinieron Ratdolt, Giunta y otros.

Pero lo cierto es que, aparte de Jenson, todos destacaron más por la cantidad de sus impresiones. Preocupados por las ganancias comerciales, habían dejado un poco de lado el arte de la letra impresa. Era un cielo gris el de las artes gráficas en la Venecia del siglo XV. Sobre él apareció, brillante como una estrella, Teobaldo Manucci, más conocido como Aldo Manucio, un nombre que habría de llenar la historia de la tipografía italiana durante todo el siglo XVI.

Manucio era hombre de letras. Estudió en las universidades de Roma y de Ferrara; conocía a fondo a los clásicos griegos; era un hombre de refinada educación, y se movía con soltura en la corte de los príncipes.

Cosmopolita y cultivado, reunió a su alrededor un grupo de intelectuales famosos, entre ellos a Erasmo de Rotterdam y a Pico de la Mirandola. Este grupo formó una verdadera Academia, a la que Manucioreunía con frecuencia, en interminables veladas, para discutir los aspectos del naciente humanismo.

Entre todos ellos escogían las obras que deberían publicarse. Con ello, constituyeron uno de los primeros consejos editoriales, de los que hoy estamos tan favorecidos.

Por encima de toda efervescencia intelectual, Manucio tuvo siempre la inquietud de difundir la cultura entre las clases populares. Manucio vio en la imprenta un instrumento con el que podían alcanzarse fines muy elevados. Su principal interés estaba dirigido hacia quienes compraban y usaban los libros. Nunca perdió la convicción de que los libros deben hacerse para ser leídos.

Llamar a Manucio el primer editor de libros de bolsillo podría parecer un juicio muy superficial, pero no es así. Este erudito italiano, que convivía con los hombres más ricos y más sabios de su tiempo, se preocupó por ser un puente entre quienes más sabían y quienes más necesitaban ese saber.

Fue famosa su serie en octavo, por medio de la cual popularizó las obras de los clásicos latinos y de los poetas italianos. Creó, con ello, y por primera vez, la demanda del público por un nuevo tipo de libro, más barato, más manuable, en lugar de los pesados y estorbosos volúmenes reservados a las bibliotecas y universidades.

Junto con el tamaño de los libros, Manucio revolucionó el aspecto de las obras impresas. Fue el primero en vender los libros ya encuadernados, para lo cual creó encuadernaciones económicas, pero de muy buen gusto, que permitieron un mayor aprecio por la posesión de un libro.

En Italia aparecieron los primeros libros que el lector podía comprar ya encuadernados. Este detalle merece mucha atención: Los libros salían de las casas editoras en forma de hojas sueltas, si acaso reunidas por una débil costura de hilo. Los propios expendedores de libros eran los encargados de encuadernarlos para su venta; o bien, eran los ricos príncipes quienes los mandaban empastar, casi siempre en forma por demás ostentosa. Pero el lector común y corriente tenía que conformarse con su paquete de hojas sueltas, lo cual, en pleno siglo XVI, lo colocaba en la misma posición del lector de la Edad Media, que recibía las hojas manuscritas por los copistas y amanuenses.

Las sencillas pero elegantes encuadernaciones aldinas dieron un nuevo atractivo a la posesión de libros, y, sobre todo, constituyeron un avance técnico que permitió el mayor uso y la mejor conservación de los libros.

Aldo Manucio vivió 65 años. Nació en el pueblo italiano de Sermonetta, en 1450, y se estableció en Venecia cuando tenía 40 años. Llama la atención que a esa edad, bastante avanzada tomando en cuenta el promedio de vida de ese tiempo, Manucio haya podido realizar una tarea editorial de tan enormes proporciones.

Su actividad era formidable: vigilaba la buena marcha de su taller de imprenta; mantenía correspondencia con autores y colaboradores; corregía pruebas de imprenta; se reunía con intelectuales y príncipes, y, al mismo tiempo, estudiando y leyendo, infatigable, realizaba una obra personal de erudito.

Pero Manucio –y ésta es su más alta cualidad como humanista– no permaneció en las nubes de un mundo deliciosamente académico y cortesano.

Los sabios suelen ser personajes un poco marginados de la vida común y corriente. Sin embargo, esta idea no encaja con Aldo Manucio. Su espíritu práctico y su concepción realista se ponen de manifiesto en el plan editorial que proyectó, y al cual se mantuvo fiel toda su vida.

Nadie puede negar a Manucio sus grandes méritos como editor; tuvo el mayor de los méritos de un editor: difundir aquellas obras que, sin él, serían privilegio de unos cuantos. Y nuestro personaje lo logró; no por medio del envilecimiento de las ediciones con papel barato o la mala calidad tipográfica, sino por medio de diversos recursos técnicos. Entre éstos destaca el haber diseñado, o haber hecho diseñar, una nueva clase de letra de imprenta, más condensada, con la cual, sin perderse el valor estético, pudiera imprimirse mayor cantidad de texto de una plana de pequeño formato.

Aquí es donde el empleo de la letra cursiva por Aldo Manucio encuentra su verdadera gloria y su más legítima razón de ser. Esta letra, que empezó a utilizarse alrededor de 1500, fue cortada por Francesco Griffo. No se trató de un mero capricho de dibujante o de diseñador tipográfico sino de un genial recurso que, sin sacrificio de la belleza tipográfica, permitió un ahorro considerable en el costo, ahorro que Manucio aprovechó para bajar el precio de los libros –política no muy común en nuestros tiempos–.

Aunque no con la misma trascendencia de la cursiva, la familia de tipos griegos que Aldo Manucio empleó para sus libros fue otra de sus grandes aportaciones a la tipografía.

Manucio llamado “el príncipe de los editores”, podría haber quedado señalado también como el editor de los plebeyos. Sus ediciones, baratas y de pequeño tamaño, llegaron pronto a las manos de quienes, de otra manera, no habrían tenido nunca un libro propio.